Emilia Pardo Bazán y la granja de Meirás

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“… vieja granja de Meirás –el lugar donde siento más de continuo la ligera fiebre que acompaña a la creación artística- Y no es que la Granja tenga aspecto romancesco, ni se parezca a ningún castillo de Escocia, ni a esos modernos palacetes que el dinero y la vulgaridad mancomunados siembran por los caminos de San Sebastián y Biarritz. La Granja es toda rústica, ni piedra de armas tiene, porque la hizo quitar de la fachada un mi abuelo, un liberal aforrado en masón, que eran entonces el aforro más caliente del liberalismo. A la casa, baja e irregular aunque extensa, se la come la vegetación cubriéndola por todas partes. Al levantarme y abrir la ventana de mi dormitorio, veo un asunto de abanico de Watteau, tentador para un acuarelista: sobre el fondo del cielo que por lo regular tiene ese adorable tono de ceniza de cigarro claro que sólo en el celaje gallego se observa –el inglés suele ser más oscuro y frío- se desvanece como una gasa el follaje del árbol del amor, hibiscus para los botánicos, en trazos de un verde pálido salpicado de floricones rosa, que parecen la caricia y el jugueteo de caprichoso pincel encima de un paisaje lavado a suaves medias tintas. Si salgo a respirar el fresco después del trabajo, tengo a dos pasos el bosquete, cuyas calles pendientes y herbosas se abren entre grupos de aralias, paulonias, castaños de Indias y retamas fragantes. Poco más abajo, el surtidor del pilón de piedra, a media villa, desgrana gotitas sobre la tersa superficie, donde nada siempre alguna hoja amarillenta, despojo de los arbustos, o un barquito de muñecas, quilla arriba, naufragio producido por los combates de Trafalgar que Jaime no cesa de hacer desde que leyó los Episodios Nacionales. En el jardín y alrededor del pilón, las magnolias entreabren su urna de alabastro, los granados su flor de rizo coral, y las enredaderas suben por el emparrado y trepan hasta las ventanas, entre cuyas vidrieras se estrangula a veces un tallo de fucsia o un sarmiento de pasionaria. Más allá del reguero de agua, orillado de frescos berros, va a perderse en el amplio declive que forma el prado, y el vasto circuito de la tapia es una cenefa de frutales, que está llamando por los golosos con sus perales y manzanos rendidos al peso de las pomas y sus abridores y duraznos que destilan ámbar.”

Localización: 
Contextualización: 

Emilia Pardo Bazán evoca la granja y jardines de Meirás, antiguo pazo familiar en Sada (A Coruña), lugar que pasaba los veranos. La granja sería sustituida por la escritora por las historicistas Torres de Meirás, construidas entre 1894 a 1907

Fuente: 

Pardo Bazán, Emilia (1886), "Apuntes autobiográficos" en Los Pazos de Ulloa

Fecha de escritura o publicación: 
1886

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