El puente de Alcolea (Córdoba) y sus batallas

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Desde Villafranca, el Guadalquivir fluye hasta las cercanías de la ciudad de Córdoba. Desde la pasada década de los ochenta, Córdoba ha sufrido una expansión gigante y descontrolada, fruto de un tremendo desgobierno urbanístico y del deseo de los cordobeses de abandonar la calurosa ciudad para vivir entre los trigales del valle y las encinas centenarias de Sierra Morena. El cordobés, desde los tiempos de Medina Azahara, ha mirado con deleite la sierra y ha proyectado en ella sus deseos de una vida sosegada y pacífica. Y ese deseo, en manos del hombre del siglo veinte y su mal entendida soberanía individual, se ha convertido en una verdadera bomba de relojería. El daño paisajístico y ecológico ha sido terrible. Desde la autovía, se contempla con tristeza una larga periferia de chalés precozmente ajados, naves industriales, campos de cultivos degradados, descampados repletos de escombros y basura y tremendos caminos de tierra trazados por los vecinos con el consentimiento de los gobernantes. La cultura del parcelista –así se llama en Córdoba a estos constructores irregulares– ha llenado las antiguas tierras califales de ruzafas truncadas y pozos sépticos, y ha asfixiado con sus casas campestres de dudoso gusto los bosques de Sierra Morena, la zona arqueológica protegida de Medina Azahara e incluso el espacio circundante del aeropuerto de la ciudad. Entre todos esos barrios ilegales, hay algunos de aspecto más noble. Son mansiones construidas en mitad de la sierra, entre jaras y pinares. Pero su presencia en lo más puro y sagrado de la montaña resulta realmente estremecedora. En este paisaje, a las puertas de Alcolea, desciende hasta el Guadalquivir el río Guadalmellato, nacido en Sierra Morena de la unión de tres pequeñas corrientes, Guadalbarbo, Cuzna y Barbo. Sus aguas puras, recién brotadas de la tierra, dan de beber a la ciudad de Córdoba. Desde la confluencia con el Guadalmellato, el viajero tiene a tiro de piedra el macizo puente de Alcolea, un paso monumental, que salva la hendidura del río con sus más de trescientos metros de longitud y sus veinte ojos de pétrea y sólida arquitectura. Su construcción se realizó entre 1785 y 1792, a caballo entre los reinados de Carlos III y Carlos IV, cuando la corona española, influenciada por las ideas de la Ilustración, se plantea la renovación de las infraestructuras y el sistema viario español. Como en Montoro, el vetusto puente de Alcolea debió sustituir a un antiquísimo puente romano. En el puente de Alcolea, que Juan Bernier llamó “dintel de Córdoba”, la historia se condensa en una densidad de acontecimientos poco frecuentes. Sus firmes tajamares, los juncos y tarajes, los olivares y las dehesas de sus dos orillas, la antigua aceña harinera y la aldea campesina convertida en desolada ciudad dormitorio forman uno de los campos de batalla más cruentos de España. No es una simple casualidad que las batallas se repitan en los mismos lugares. Los caminos se cruzan y los ejércitos son empujados fatalmente a encontrarse. La primera batalla del puente de Alcolea se produjo durante la Guerra de Independencia, el siete de junio de 1808. El general Pedro Agustín de Echavarri llegó hasta aquí con un ejército de unos veintidós mil hombres, entre infantería, caballería, granaderos, zapadores y simples campesinos que habían tomado las armas. Pese a la resistencia española, los franceses se abrieron paso hasta Córdoba y saquearon la ciudad. La segunda batalla de Alcolea se produjo en septiembre de 1868, durante la revolución antimonárquica conocida como La Gloriosa. Las tropas revolucionarias, que luchaban contra la corrupción y el caos económico y político del reinado de Isabel II, se toparon con las tropas realistas, defensoras de la monarquía. La segunda batalla de Alcolea fue bastante breve y se decantó con rapidez hacia el lado revolucionario, pues una gran parte del ejército realista desertó y se adherió a la causa liberal. Las noticias de la victoria revolucionaria de Alcolea llegaron velozmente a San Sebastián, donde veraneaba Isabel II, y desde allí la reina se exilió en Francia. Se inauguró así en Alcolea el Sexenio Revolucionario, una etapa política convulsa e inestable, durante la que los españoles ensayamos nuestro primer proyecto de democracia y republicanismo. Por desgracia, no sirvió de mucho. Los españoles seguíamos empeñados en repetir nuestra historia. Durante la Guerra Civil, las tropas nacionales y republicanas volvieron a enfrentarse por el control y dominio del Puente de Alcolea. El desenlace es conocido por todos. Esta vez vencieron las tropas franquistas.

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Fuente: 

Santiago Chiquero, Pablo. Historias del Guadalquivir. Centro Andaluz del Libro. Sevilla, 2011. 978-84880671509

Fecha de escritura o publicación: 
2011

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