Citas de Miguel de Unamuno

Al pasar por Carrión de los Condes
"Carrión de los Condes ¿sabes
de los Condes de Carrión?,
de tus iglesias las naves
¿saben la navegación
de la fe? Corre la vena
del Carrión y es siempre una
y la misma; corre ajena

No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de Cistercienses en España.

Del color de la espiga triguera
ya madura
son las piedras que tu alma revisten,
Salamanca,
y en las tardes doradas de junio
semejan tus torres
del sol a la puesta
gigantescas columnas de mieses
orgullo del campo
que ciñe tu solio.

Oh, mi Nervión, tu de mi pueblo el alma,
tú que guardas sus dichas y sus penas,
los siglos por tu cauce resbalaron
llevándose la historia
hacia el olvido;

Miré a Becedas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme tortuga roja -del color de sus tejados- con un cuerno, que era la torre de la iglesia.

Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos.

Se entra en la ciudad por puertas, pasando bajo un dintel de piedra, como se entra en una casa. A la puerta principal de entrada la flanquean dos robustos torreones, dos cubos de la muralla.

En los soportales de la plaza de Aguilar de Campoo se lee: "Café siglo XX". Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero esto es de siglo? Todo un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el Pisuerga allí cerca, la historia. Cuando resbala...

Es como un oasis el contorno de esta ciudad de Palencia, un oasis en medio del trágico desierto de la Tierra de Campos, de los Campos Góticos.

Es Jaraiz el pueblo mayor de la Vera de Plasencia, una villa serrana de unos 4.000 habitantes. Su caserío presenta el aspecto pintoresco de las poblaciones de sierra en el interior de España.

Desde la cumbre del Salvaguardia, encima del portillón de Benasque, y teniendo a un lado el gigante Maladeta, contemplábamos a nuestros pies la llanura de la dulce Francia bearnesa.

Fue ayer, fue hace un momento; es decir, fue hace más de veinticinco años  -el tercio de una vida bien cumplida- cuando te ví por vez primera, torre de Monterrey, y me llevas allá, mucho más allá de esos veinticinco años, a cuando, sin haber nacido, te contemplaba -¿dónde?-, y con ello me llevas

La maravilla máxima que para los ojos del alma y para el alma de los ojos ofrece Mallorca está aquí, en Valldemosa, y es la soberbia cornisa de Miramar.

En Deyá, lo mismo que en Sóller, vese un pueblo de encendido Mediterráneo, al pie de unas rocas que parecen alpinas. No es métricamente ninguna gran cumbre la del Puig Mayor, no llega a los 1.500 metros y, sin embargo, nos hace la impresión de un gran gigante alpino.

Sóller es como otra isla dentro de la isla. Pósase el pueblo en un valle hondo abierto hacia el mar, sedimentado de naranjos y sobre el cual se alzan imponentes picachos y presidiéndolos el primer gigante pétreo de Mallorca, el Puig Mayor de Torrellas, que sepulta su cresta en el cielo.

Lluch, el santuario, es el Montserrat de Mallorca. Allí, en el corazón espiritual de la isla, y que es como el centro del espinazo rocoso de ella, forma el ceñidor de las montañas, con sus picachos por almenas, como otra isla, un reposadero de calma y de ensueño.

Mallorca, la isla dorada, debe su fama de hermosa a la montaña costera. La brava sierra que forma la costa brava es como un gran contrafuerte que corre de Noroeste a Sureste, cubriendo la llanura.

Coimbra, Coimbra, tierra de encanto, ciudad bautizada por las lágrimas de Inés, vivero de la poesía de un pueblo que vive por el amor y por el amor muere. Coimbra posada como una paloma junto al Mondego, ¡qué remanso en la corriente!

Podría deciros cómo esta ciudad de Salamanca, asentada en un llano, a orillas del Tormes, es una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre.

San Martín de Castañeda, espejo de soledades,
el lago recoge edades
de antes del hombre y se queda 
soñando en la santa calma
del cielo de las alturas,
la que se sume en honduras 
de anegarse, ¡pobre! el alma. 
Men Rodríguez, aguilucho 

Es un encanto, saliendo de Béjar, divisar primero la torre de Becedas, dar vista al Tormes, al río mismo a cuya vera vivo, y verlo cuando fresco y rumoroso acaba de nacer de las aguas de las rocas y cruza bajo su primera horca caudina el puente del Barco de Avila, vigilado por las ruinas de su ca

Hoy te gocé, Bilbao. Por la mañana
topé con un paisano,
como yo, por su dicha, un hijo tuyo.
En sus ojos la luz del Ibaizabal
y en el acento de su hablar el alma,
febril en su sosiego,
que te anima, mi villa.
Era el tonillo, el aire en que vibraron

Llegué desde Lisboa a la estación de Vallado, ya de noche, y de Vallado a Alcobaça me llevó un desvencijado cochecillo. Distraje el frío y la soledad imaginándome lo que sería aquel camino envuelto entonces en tinieblas: ¿por dónde vamos?

Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano, y casi diré doméstico bullicio como aquel con que los niños llenan un hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor, una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto  alemán Jürgens.

Es Jaraiz el pueblo mayor de la Vera de Plasencia, una villa serrana de unos 4.000 habitantes. Su caserío presenta el aspecto pintoresco de las poblaciones de sierra en el interior de España.

En el fondo, colindando con el cielo o meciéndose con él en nacaradas lontananzas, las bahías de Pollensa y de Alcudia, y ciñendolas un intrincamiento de oscuros peñascos, de promontorios, al modo de islotes o de una tropa de enormes cetáceos fosilizados. El cabo de Formentor hiende el mar.

Entre los diecisiete lugares de Portugal que merecen ser visitados, según reza el mapa excursionista que en los vagones de primera de los trenes ha hecho fijar la Sociedad de Propaganda de Portugal – cuyo lema es pro patria omnia – no figura Guarda.

Represéntame Portugal como una hermosa y dulce muchacha campesina que de espaldas a Europa, sentada a orillas del mar, con los descalzos pies en el borde mismo donde la espuma de las gemebundas olas se los baña, los codos hincados en las rodillas y la cara entre las manos, mira cómo el sol se pon