Citas de Daniel Rivas

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Las tenderas se desperezaban en los puestos, aburridas. Casi todas iban abrigadas con gorros y abrigos sobre los sarongs y calzaban calcetines y chanclas. Algunas acunaban a niños dormidos en el regazo.

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Cada diez metros bordeaban el paso dos pequeños mojones de cemento. Eran como placas bicolores clavadas en el suelo arenoso. [...] Resultaba difícil imaginar que más allá de estas placas el suelo era una ruleta rusa.

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Los edificios no tenían más de tres plantas y, salvo los tres o cuatro hoteles con estrellas, todos presentaban un aspecto descuidado, con fardos de cables que recorrían las fachadas y saltaban a los postes de luz como enredaderas negras.

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No había mucha gente a esa hora, pero los que allí se sentaban, con una cerveza o batido de extraño color en la mesa, miraban fijamente al frente. En el fondo de cada terraza un televisor enorme proyectaba...

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En la balaustrada dos novicios con sus cabezas afeitadas y sus túnicas anaranjadas leían juntos un libro de texto. Jennie se asomó con curiosidad por encima de sus hombros...

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El maquinista, el capitán y la camarera del bar iban sacando el equipaje y depositándolo al lado del barco, en una creciente colina de bultos de colores. Se hacía de noche rápidamente y las mochilas se iban haciendo indistinguibles en la oscuridad.

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Las fotos que saqué aquella mañana están entre las que más me gustan de todo el viaje, no solo por la belleza del lugar en aquel preciso instante, sino porque al verlas revivo la ilusión que sentía en ese momento, la anticipación casi infantil por cruzar el río Mekong y entrar en Laos.

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Salí del Wat Si Goet Massage School con la determinación de no ver más templos ese día.

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Al lado de la salida del templo se encontraba un taburete con un cesto lleno de pulseras de hilo blanco. Un cartón escrito a mano invitaba al visitante a dejar una propina y coger una pulsera.

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Desde el umbral de la entrada podía ver dos torres piramidales y parte de la muralla, perfectamente cuadrada, que rodeaba el templo. Sobre mi cabeza la gran torre principal, con forma de mazorca de maíz, se alzaba hacia el sol de mediodía.

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La única cubierta del barco-bus estaba casi llena a esa hora de la mañana con tailandeses que parecían ir a trabajar. Entre ellos los turistas nos distinguíamos por nuestras mochilas, nuestras cámaras de fotos y nuestros rasgos occidentales.