Citas de Benito Pérez Galdos

Preceden a este singularísimo pueblo grandes viñedos en laderas no muy frondosas. Los bosques se ven allá lejos, más allá de las alturas donde tiene su atalaya vigilante el buen Santo Toribio. Potes se vanagloria de poseer en su reducido término toda la flora de España.

Llaman a aquello garganta; también puede llamársele propiamente el esófago de la Hermida, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra. Es un paso estrecho y tortuoso entre dos paredes, cuya alta cima no alcanza á percibir la vista.

Estamos en La Hermida. Guando se fundó este lugar, debía estar ya ocupada toda la haz de la tierra y no existir un solo pedazo de suelo donde poner la planta. Sólo así se comprende que haya un pueblo en medio de las Gargantas.

Aquel rio, harto de salmones, es en extremo pintoresco. Todo en él es bonito, el agua y las riberas.

La hermosa costa de esta provincia aparece menos risueña a medida que se avanza hacia el Oeste; pero en cambio es más grandiosa, más imponente, a si se quiere, más varonil. El viajero que sigue este camino marcha de la tierra del idilio a la de la epopeya.

Las marismas de la Rabia son tristes, solitarias, más solitarias y tristes á causa de su extensión. En las orillas bajas no hay pueblos, ni caseríos, ni bosques, ni los verdes collados que tanto abundan en este país.

Para entrar en esta villa de los López y de los cuatro prelados, es preciso atravesar el mar en coche.

Novales no quiere dejarse ver, y escondido entre sus azahares renuncia a las visitas del apresurado caminante. En cambio Cóbreces, Toñanes, Cigüenza, Ruiloba, se muestran esparcidos por las verdes colinas, no lejos del mar, en terreno ligeramente pedregoso y muy accidentado.

Para entrar en el atrio, es preciso marchar sobre una reja colocada horizontalmente, sistema de ingreso que el viajero no acierta a comprender si no le advierten que los cerdos y las vacas, que libremente pasean por las calles de la villa, entrarían con el mayor desenfado en la santa iglesia, si

Al entrar en Santillana parece que se sale del mundo. Es aquella una entrada que dice: «No entres».

…"y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde."

El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores, salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba tan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en aquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Jenaro.

Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruinas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostas e irregulares vías, nos encontramos junt